
Las caricaturas me enseñaron que, después del hielo y la nieve, los pájaros cantan, los árboles florecen y todo despierta al mismo tiempo. Como en Bambi, donde el bosque entero parece ponerse de acuerdo para renacer en una misma escena.
Esa era la teoría.
La realidad es que no todos crecimos donde el invierno cubre la tierra de blanco. Yo pasé mi infancia en la costa, donde las estaciones casi no se notan. Allí no había un antes y un después tan marcado. El clima era una mezcla constante entre primavera y verano. La selva era caducifolia, sí, pero los árboles florecían cuando querían. El bocote, por ejemplo, se llenaba de flores en noviembre. Sin pedir permiso al calendario.
No había una fecha oficial para florecer.

Más adelante me mudé a un lugar donde el otoño parece quedarse más tiempo del que debería. Donde el frío llega fuerte, aunque no haya nieve. Donde muchas plantas no florecen en marzo, pero otras —como la nochebuena o los alcatraces— encuentran su momento en otra estación.
Entonces entendí algo simple:
la primavera no se vive igual en todas partes.
Y quizá tampoco en todas las personas.

Con el tiempo, la primavera dejó de ser solo una estación. Se convirtió en metáfora. En marzo comienzan los mensajes: “es momento de renacer”, “florece a tu ritmo”, “deja atrás lo viejo”, “reinventarse”.
Pero ¿qué pasa si en marzo no sientes que nada florece?
¿Y si todavía estás en proceso?
¿Y si tu invierno fue largo y apenas estás tratando de entenderlo?
Nos enseñaron que la primavera es una especie de señal universal para empezar de nuevo. Pero esa idea parte de una experiencia climática muy específica: la de los lugares donde el invierno paraliza la vida visible.
En regiones donde la naturaleza no se congela, esa narrativa no encaja del todo. Siempre hay algo verde. Siempre hay algo que sembrar. Siempre hay algo que está en proceso.
La naturaleza no sigue un discurso motivacional. Sigue ciclos complejos, distintos y silenciosos.
Recuerdo a mi tío agricultor y a mis primos sembrando en esta temporada para cosechar en verano. Pero con los años descubrí que en el campo siempre hay algo que plantar. No existe un único mes para comenzar.
Algunas semillas necesitan frío.
Otras necesitan sombra.
Algunas germinan rápido.
Otras tardan meses.
La naturaleza no compite. No se compara. No se acelera por presión social.
Y tampoco florece toda al mismo tiempo.
Si usamos la metáfora —porque inevitablemente lo hacemos— entonces quizá el error no está en no “sentir primavera” en marzo. Tal vez el error es creer que existe una fecha oficial para transformarnos.
Con el tiempo también he notado algo más: hemos confundido florecer con hacer algo visible.
Abrir un negocio enorme.
Cambiar radicalmente de vida.
Romper con todo lo anterior.
Reinventarse de forma dramática.
Pero la naturaleza no funciona así.
Una planta no grita que está creciendo. Simplemente lo hace.
Florecer puede ser empezar terapia.
Puede ser tomar una decisión pendiente.
Puede ser poner un límite.
Puede ser quedarse donde uno está, pero de manera más consciente.
No todo renacer es ruidoso.
Y no todo cambio es inmediato.
Personalmente, la primavera nunca ha sido mi estación favorita. Tal vez porque nunca la viví como en las películas. Tal vez porque aprendí que el calendario no siempre coincide con lo que ocurre dentro.
Y eso está bien.
El equinoccio suele simbolizar equilibrio. Tal vez esa sea la parte más honesta de la estación. No el espectáculo de las flores, sino la búsqueda de balance.
Equilibrio entre creer y actuar.
Entre soltar y construir.
Entre descansar y decidir.
Porque rezar no sustituye sembrar.
Y visualizar no reemplaza el trabajo diario.
La primavera no nos salva.
Nos recuerda.
Si algo he aprendido observando la naturaleza en distintos lugares es esto: siempre hay algo moviéndose, aunque no lo veamos.
Debajo de la nieve, las plantas no están muertas.
En la costa sin estaciones marcadas, la selva nunca deja de transformarse.
En el campo, siempre hay algo que sembrar.
Tal vez lo mismo ocurre con nosotros.
Tal vez no necesitas que el calendario marque un cambio para tomar una decisión.
Tal vez no necesitas esperar la estación correcta para empezar.
La primavera no florece en todas partes al mismo tiempo.
Y tú tampoco tienes que hacerlo.
No todos los renacimientos ocurren en marzo.
No todas las flores aparecen bajo el mismo sol.
No todos los procesos siguen la narrativa que nos contaron.
Quizá la verdadera primavera no es una estación.
Es el momento en que decides moverte, aunque nadie más esté floreciendo contigo.
Y ese momento puede llegar en cualquier mes.
