Una defensa del blog escrito en tiempos de respuestas instantáneas y contenido desechable.

Laptop con la frase “El blogging ha muerto” y hojas volando, representación del cambio en la escritura digital

Dicen que el blogging ha muerto.
Que escribir ya no tiene sentido.
Que nadie lee, que todo es video, que todo es audio, que todo es rápido… y olvidable.

Los “expertos del internet” lo repiten como una sentencia inevitable: hoy la gente prefiere mirar una pantalla en movimiento o escuchar una voz mientras hace otra cosa. Y sí, es verdad. El consumo de contenido cambió. La atención se fragmentó. La paciencia se volvió un lujo.

Pero hay una pregunta que casi nadie se hace:
¿murió el blogging… o solo dejó de ser masivo?

Porque no es lo mismo.

Antes, buscar información implicaba tiempo. Abrir varias pestañas. Leer. Comparar. Incluso —para quienes alcanzamos a vivirlo— ir a una biblioteca, subrayar libros, tomar notas. Hoy, una inteligencia artificial responde en segundos lo que antes tomaba horas. Eso no es malo. Es eficiente. Es práctico. Es el signo de los tiempos.

El problema aparece cuando confundimos velocidad con profundidad.

La IA puede resumir teorías, consejos, manuales completos. Lo que no puede hacer —ni podrá— es contar cómo se siente atravesar una etapa, sostener una duda, vivir una contradicción o tomar una decisión cuando no hay respuestas claras.

Y ahí es donde el blog escrito sigue teniendo sentido.

Durante años, los blogs se llenaron de contenido tipo enciclopedia: “cómo ser mejor”, “cómo sanar”, “cómo lograr”, “cómo optimizar tu vida”. Hoy, todo eso cabe en una sola pregunta bien formulada. Y quizás por eso muchas personas están cansadas de que les digan cómo mejorar, como si siempre hubiera algo roto que arreglar.

Tal vez no quieren mejorar.
Tal vez solo quieren leer a alguien pensar.

Escribir desde la experiencia —no desde la superioridad moral ni desde el manual— es lo que sigue funcionando. Contar lo que se vive, cómo se procesa, qué se cuestiona. No para dar lecciones, sino para abrir conversaciones internas en quien lee.

Un blog escrito no es solo una plataforma.
Es un espacio propio.

A diferencia de las redes sociales o los canales de video, un blog no depende de un algoritmo caprichoso ni de una política que mañana puede cambiar. Es un lugar que se construye palabra por palabra, como una casa a la que se vuelve, incluso cuando nadie está mirando.

Claro que hay miedo.
El miedo de invertir tiempo, energía y emoción en algo que no es tendencia.
El miedo de escribir para pocos.

Pero escribir nunca fue sobre multitudes. Fue sobre conexión.

Diez lectores reales valen más que mil vistas distraídas.

Eso no significa quedarse inmóvil. No innovar. No aprender. La evolución es necesaria. Adaptarse también. Pero adaptarse no siempre implica soltar lo que funciona a otro nivel. A veces implica redefinir para qué y para quién se escribe.

Hoy no sirve tener un blog que repita lo que ya existe en todas partes.
Sí sirve tener uno que diga algo que solo puede decir quien lo está viviendo.

Esta es una nueva etapa. No un cierre, sino un giro.
Cuando algo deja de funcionar como antes, no siempre hay que abandonarlo. A veces basta con mirarlo desde otro ángulo antes de soltarlo.

Aunque digan que el blogging escrito ha muerto, aquí seguimos.
Desde las letras.
Para quien todavía disfruta leer.
Para quien necesita pausas largas en un mundo acelerado.
Para quien sabe que no todo lo importante cabe en un video de 30 segundos.