En los últimos años, el término therian ha comenzado a circular con más fuerza en redes sociales, foros y espacios juveniles. Para algunos es una expresión legítima de identidad; para otros, una señal inquietante de algo más profundo.
El debate suele ser superficial: burla o validación automática. Pero antes de reaccionar, conviene entender qué significa realmente este fenómeno, de dónde surge y por qué hoy tiene mayor visibilidad.

¿De dónde viene la palabra “therian”?
El término proviene del griego thērion, que significa “bestia” o “animal salvaje”.
Su uso contemporáneo no nació en la academia ni en redes sociales modernas. Comenzó a utilizarse en comunidades digitales de los años noventa, especialmente en foros y listas de discusión en línea, cuando internet aún era un espacio minoritario y experimental. Allí empezó a emplearse la palabra therianthrope para describir a personas que sentían una identidad interna vinculada a un animal específico.
Con el tiempo, el término se acortó simplemente a “therian”.
Es importante señalar que no se trata de un concepto surgido en TikTok ni de una moda reciente creada por algoritmos. Lo que sí es reciente es su expansión masiva. Plataformas como Tumblr en la década de 2010 y más recientemente TikTok han amplificado comunidades que antes permanecían en espacios digitales mucho más reducidos.
La visibilidad cambió. El concepto no es tan nuevo.
Therian no es lo mismo que licantropía clínica
Aquí aparece una confusión importante.
La licantropía clínica es un fenómeno psiquiátrico poco frecuente documentado en la literatura médica. En estos casos, la persona cree literalmente haberse transformado en un animal y suele presentar pérdida de contacto con la realidad. Generalmente está asociada a trastornos psicóticos o episodios psiquiátricos severos.
La identidad therian, en cambio, no necesariamente implica esa creencia literal. La mayoría de quienes se identifican como therian describen su experiencia como psicológica, espiritual o simbólica, manteniendo consciencia de su condición humana biológica.
Confundir ambos conceptos no solo es inexacto; también genera estigmatización innecesaria.

La conexión animal no es nueva en la historia humana
Identificarse con un animal no es un fenómeno contemporáneo.
Las culturas antiguas representaban fuerzas internas a través de figuras animales. En Mesoamérica, el jaguar simbolizaba poder y conexión espiritual. En el antiguo Egipto, diversas deidades combinaban rasgos humanos y animales como expresión simbólica de atributos específicos.
En la psicología analítica, Carl Jung habló de los arquetipos como imágenes universales del inconsciente colectivo. El animal, en muchas culturas, ha representado instinto, fuerza, sabiduría o sombra interior.
Desde esta perspectiva, sentir afinidad con un arquetipo animal puede ser comprensible.
Lo que parece nuevo es el grado en que esa identificación pasa de lo simbólico a lo identitario.
Vivimos en una época en la que la identidad es más flexible que en generaciones anteriores.
El sociólogo Zygmunt Bauman describió nuestra etapa histórica como una “modernidad líquida”, donde las estructuras tradicionales pierden estabilidad y el individuo se ve obligado a redefinirse constantemente.
En un contexto así, no sorprende que las identidades se multipliquen y se exploren con mayor libertad.
Las redes sociales no solo permiten expresar quiénes somos; también facilitan construir versiones de nosotros mismos que encuentren comunidad, validación y pertenencia. Comunidades que antes eran marginales hoy pueden organizarse, apoyarse y crecer de manera acelerada.
La pregunta cultural no es si esto es bueno o malo.
La pregunta es qué función cumple esa identidad en la vida de la persona.
¿Integra?
¿Aporta sentido?
¿O sustituye aspectos de la experiencia humana que resultan difíciles de sostener?

¿Moda, identidad o señal de algo más profundo?
No todos los casos son iguales.
Para algunas personas, identificarse como therian puede ser una forma simbólica de expresar rasgos de personalidad, sensibilidad o experiencias internas difíciles de explicar.
Para otras, puede convertirse en una identidad central que estructura su vida social y emocional.
El punto delicado aparece cuando la identificación deja de ser simbólica y comienza a reemplazar la experiencia humana misma. Cuando se abandona funcionalidad, relaciones o responsabilidades básicas en favor de una vivencia literal o exclusiva de esa identidad.
Ahí la conversación cambia. No desde el juicio, sino desde la salud emocional.
Creo en el lenguaje simbólico. Creo en los arquetipos. Comprendo que alguien pueda reconocerse en la energía de un animal como parte de su identidad interna.
La humanidad siempre ha utilizado símbolos para entenderse.
Lo que me genera preguntas es cuando esa identificación deja de ser simbólica y comienza a sustituir la experiencia humana cotidiana.
Sentir afinidad con un arquetipo puede enriquecer.
Reemplazar la vida humana por una identidad animal permanente abre interrogantes más complejos.
No se trata de atacar identidades.
Se trata de preguntarnos qué estamos intentando resolver a través de ellas.

Si alguien cercano se identifica como therian: qué hacer
Para madres, padres o personas cercanas, la reacción inicial suele ser desconcierto o temor. La burla y la confrontación directa rara vez ayudan.
Algunas orientaciones prácticas pueden marcar la diferencia:
1. Escuchar antes de reaccionar
Preguntar qué significa para esa persona identificarse así. Comprender no es aprobar; es abrir espacio de diálogo.
2. Evaluar funcionalidad
¿Mantiene estudios o trabajo?
¿Conserva relaciones saludables?
¿Distingue claramente realidad biológica de identidad simbólica?
Si la respuesta es afirmativa, puede tratarse de una exploración identitaria sin implicaciones clínicas.
3. Detectar señales de alerta
Aislamiento severo.
Abandono de responsabilidades básicas.
Creencia literal de transformación física.
Desconexión persistente de la realidad.
En estos casos, el acompañamiento psicológico profesional es necesario.
No todo comportamiento alternativo es patológico.
Pero tampoco todo debe romantizarse.

Tal vez el debate no sea si alguien puede identificarse con un animal.
La pregunta de fondo podría ser otra: ¿Qué parte de nuestra humanidad se vuelve tan difícil de sostener que necesitamos salir de ella?
¿Estamos ampliando nuestra comprensión de identidad…
o estamos buscando nuevas formas de escapar de nuestra vulnerabilidad?
Más que respuestas rápidas, este fenómeno exige una conversación informada, empática y culturalmente consciente.
Y esa conversación apenas comienza.