
Hubo años en los que pensé que la vida había sido injusta conmigo.
Me aferré a ausencias, a personas que se fueron, a decisiones que no entendía del todo. Lloré lo que no funcionó. Lo que terminó. Lo que no fue.
Solté vínculos que en su momento parecían imprescindibles. Amistades que ya no sabían cuidarme. Amores que confundían intensidad con daño. Versiones mías que no sabían vivir sin ruido.
Durante mucho tiempo creí que había fracasado.
Que había amado mal.
Que había elegido peor.
Hoy lo veo distinto.
Hoy entiendo que muchas de esas despedidas fueron, en realidad, actos de protección. Que algunas decisiones difíciles evitaron vidas aún más duras. Que no todo lo que duele es una pérdida: a veces es un desvío necesario.
La paz que hoy habito no llegó por casualidad. Llegó después de aprender a soltar sin culpa. De agradecer incluso aquello que no prosperó. De perdonarme por no haber sabido antes lo que ahora sé.
Ya no extraño a quienes se fueron.
Agradezco que no estén.
Porque lo que viví —lo bueno y lo malo— me moldeó. Me obligó a crecer. Y esta vez, tuve la valentía de hacerlo.
A veces creemos que la vida nos quedó a deber.
Hasta que miramos el panorama completo
y entendemos que, en silencio,
la vida fue generosa todo el tiempo.