
Esta mañana
abrí Facebook y tardé unos segundos en encontrar los botones.
Otra vez
los habían cambiado de lugar.
Sonreí y
pensé: 'Facebook nunca deja de actualizarse, nunca se conforma. Siempre está
cambiando algo'…
Apenas me
acostumbré a una versión y ya llegó otra…
Justo en
ese momento, una vocecita dentro de mi cabeza se escuchó decir: “así como yo”…
Fue como de
esas notificaciones que no pides, pero llegan.
Estaba
teniendo una epifanía.
Me quedé
viendo a la pantalla y entonces me di cuenta que yo no estaba describiendo a
Facebook, me estaba describiendo a mí.
Durante
años me he considerado una persona curiosa.
De esas que
siempre quieren aprender algo nuevo, probar herramientas diferentes, descubrir
oportunidades y subirse a las tendencias, por lo que siempre estoy iniciando
nuevos proyectos. Y fíjate que yo pensaba que esa era una fortaleza, que era mi
mejor cualidad...
Hoy se
derrumbó ese pensamiento y más bien esa forma de actuar y de estar abriendo
siempre cajas de pandora, intentando conquistar el mundo ha sido mi mayor obstáculo,
mi mayor debilidad.
¡Qué cosas,
no! Esto sí que fue una revelación en mi interior, justo comenzando julio. Es
como si mi cerebro estuviese dividido y una parte es racional y la otra vive en
el mundo mágico de unicornios, queriendo hacer de todo y no consolidando nada.
El ejemplo
más claro que te puedo compartir es este blog llamado Vivencias en Letras,
nació para escribir mis reflexiones.
Era una
especie de diario abierto donde compartía las ideas que me iban encontrando por
el camino, los pensamientos redundantes que se presentaban.
No pretendía
resolverle la vida a nadie. Sólo quería sentarme a escribir, como quien invita
a alguien a tomar un café y termina hablando de la vida.
Pero un día
decidí que eso no era suficiente.
Comencé a
escribir artículos para estudiantes.
Después
quise enseñar desarrollo profesional.
Luego
aparecieron nuevos proyectos, nuevas estrategias, nuevos nichos, nuevas
promesas de crecimiento.
Cada video
que veía en YouTube parecía tener la respuesta que yo todavía no encontraba.
Y allá iba
otra vez.
Siempre
convencida de que ahora sí había encontrado la idea correcta.
Lo curioso
es que ninguna alcanzaba a demostrar si realmente funcionaba.
No porque
fueran malas.
Sino porque
yo ya estaba persiguiendo la siguiente idea, creando un nuevo proyecto,
comenzando un nuevo negocio y haciéndome llamar todóloga. ¡Qué barbaridad!
Hoy
entiendo que confundí evolucionar con empezar de nuevo. Y mira con qué lo vine
a aprender…
Facebook
cambia botones, pero sigue siendo Facebook.
Un árbol
cambia de hojas cada temporada, pero jamás cambia de raíces, porque si las
cambia, se muere el árbol.
Yo hacía
exactamente lo contrario.
Cada vez
que una idea tardaba en dar resultados, arrancaba el árbol completo para
sembrar otro.
Así
cualquiera termina creyendo que ninguna semilla sirve.
Hace unos
días también entendí otro error.
Durante
cinco años he intentado impulsar el canal de recetas de mi mamá. La idea
siempre fue clara: ella sería quien cocinara frente a la cámara y yo trabajaría
detrás, organizando, grabando y administrando todo.
Hasta que
un día pensé que sería buena idea subir algunos videos míos probando comida.
Al final
también hablaban de comida, ¿qué podía salir mal?
Resultó que
mucho.
¡Todo salió
mal!
El
algoritmo dejó de entender para quién era el canal. Pero más importante aún, la
audiencia tampoco entendía ¿de que va?
Las
personas que llegan buscando recetas hechas por una mamá mexicana no
necesariamente quieren ver a otra persona haciendo reseñas de comida.
No era mala
idea.
Simplemente
pertenecía a otra casa.
Y por
querer meter todos los muebles en la misma habitación terminé estorbando el
espacio.
Aceptar eso
no fue agradable.
Pero fue
necesario.
También
descubrí que el perfeccionismo me ha robado más tiempo del que imaginaba.
Me cuesta
delegar porque siento que nadie lo hará exactamente como yo quiero. Así que
termino haciendo todo, agotándome y frustrándome porque el día nunca alcanza.
Es curioso
cómo uno puede trabajar más de doce horas y, aun así, sentir que no avanzó.
No siempre
es falta de esfuerzo.
A veces es
falta de dirección.
Mientras
escribo esto… está lloviendo.
Así que abrí
la puerta del balcón para que entrara el aire frío. El sonido de la lluvia
llena la habitación y, por alguna razón, siento que pienso mejor cuando el
clima obliga al mundo a bajar el ritmo.
Quizá por
eso hoy pude escuchar una conversación que llevaba años intentando tener
conmigo misma.
No necesito
otra idea.
No necesito
otro proyecto.
No necesito
correr detrás de cada tendencia que aparece en internet.
Necesito
aprender a quedarme.
A cuidar
una idea el tiempo suficiente para descubrir de lo que realmente es capaz.
Siempre he
dicho que no debemos vivir mirando la casa del vecino. Porque aunque las
fachadas se parezcan, nadie conoce los cimientos que sostienen esa
construcción.
Sin darme
cuenta, llevaba años haciendo exactamente eso.
Veía un
creador de contenido hablando del negocio perfecto y quería construir una casa
igual.
Luego
aparecía otro con una estrategia diferente y corría a cambiar los planos.
Y después
otro.
Y otro más.
Hasta que
terminé viviendo en una obra interminable.
Quizá por
eso me hizo tanta gracia Facebook esta mañana.
La
diferencia es que Facebook puede vivir en beta porque ya tiene una identidad
clara.
Yo
intentaba construir una identidad distinta cada pocos meses.
Y así es
imposible que alguien sepa quién eres.
Julio acaba
de empezar.
No hice una
lista de propósitos.
No prometí
trabajar el doble.
No compré
otro curso.
Sólo tomé
una decisión.
Volver al
lugar donde todo comenzó.
Escribir.
Escribir
para quien tenga ganas de sentarse un momento, servirse un café y pensar un
poco sobre la vida.
Porque tal
vez crecer no siempre significa encontrar una idea nueva.
A veces
crecer consiste en dejar de abandonar las buenas ideas demasiado pronto.
Y quién
sabe...
Quizá el
éxito no estaba escondido en el siguiente proyecto.
Tal vez
llevaba años esperándome en el primero.
Mientras
termino de escribir, la lluvia sigue cayendo del otro lado de la ventana.
Quizá
mañana vuelva a dudar. Quizá aparezca otra idea brillante intentando
convencerme de empezar desde cero. Pero hoy, al menos hoy, siento que encontré
una respuesta que llevaba mucho tiempo buscando.
Y si tú
llegaste hasta aquí, me encantaría saber qué pasó por tu mente mientras leías.
Porque
estoy casi segura de algo: nadie se reconoce en una historia ajena si no hay un
pedacito de esa historia viviendo también dentro.
Antes de
que cierres esta página, déjame hacerte una última pregunta: ¿en qué parte de
tu vida sigues viviendo en modo beta? Si te nace compartirla, aquí te leo. Al
fin y al cabo, las mejores conversaciones casi siempre empiezan con una taza de
café... y una pregunta incómoda.