martes, 12 de marzo de 2019

Un ave sin alas. Una reflexión por una infancia feliz.

No más niños golpeados, no más niños traumados. Son tus hijos no los destruyas.

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Ella… era una niña hermosa e indefensa. Siempre vio niños jugar, sonreír, niños felices. Ella no podía hacerlo, no lo tenía permitido, era un pecado mortal, era un caos, salir a jugar. Su educación fue diferente, no le faltaba nada, pero al mismo tiempo le faltaba todo… no era feliz.

Era una niñez de encierro, de obligaciones de adulto, era solo una niña con seis años y tenía la obligación de asear la casa, cuidar de su hermana menor, ir a la escuela y hacer sus tareas.

Las horas de juego eran contadas, golpes recibía si la veían jugando, si la veían sonriendo. La peor infancia, la única etapa que no quiere volver a vivir, volver a sentir, aunque la siente cada vez que la recuerda. De todas las cosas, que ha vivido es la única que no ha podido superar.

Sus obligaciones eran de un adulto, de una ama de casa, ella no pidió serlo y sin embargo la obligaron. Era feliz cuando se quedaba sola en casa y al mismo tiempo se aterraba con la idea de saber que ella regresaría, no sabía si cuidaba bien de su hermana, no sabía si cocinaba bien, era una niña, cuidando de otra niña, cuidando de una casa… todos los días deseaba no haber nacido, deseaba morir, fue la peor etapa de su vida.

Su padre siempre le dijo: “que había nacido libre”. Sin embargo alguien más le robaba su libertad, y era capaz de entregar su vida a cambio de ser libre y feliz.

Hay personas que conocen el sufrimiento cuando son adultas, ella lo conoció cuando era una niña, cuando no sabía lo que era bueno o malo, se crió sola, con todo lo necesario para sobrevivir y eso la hizo fuerte, la hizo vivir más rápido, la hizo aprender.

Todo lo que ahora es ella, se forjó en cada día de encierro, en cada noche de dolor, con cada sonrisa fingida. Con cada espina que día a día se clavaba en su corazón.

Nadie nace sabiendo ser mamá o papá, pero todos nacemos sensibles, y quién no podría ser sensible con una niña de seis años, porqué le gritaban, porqué la golpeaban, porque la despreciaban, porqué no le preparaban sus alimentos, porque tenía que hacerse cargo de todo mientras ella no estaba, porque tanto odio hacia una pequeña que no se podía defender sola, que no podía levantar la voz y ser libre.

Con cada grito, se le fueron las ganas de sonreír, con cada golpe se le acabaron las fuerzas y se le cayeron las plumas, sus alas se quedaron vacías e inservibles. Tal vez ya no tenga alas para volar, pero tiene pies para correr.
Ella se refugió en el estudio, los libros se volvieron su adicción, las tareas eran su dosis diaria de felicidad, era el único momento que podía estar feliz, sin golpes, que disfrutaba ser ella misma.

No tuvo amistades porque siempre se las prohibieron, la golpeaban si platicaba con amigas, la golpeaban si se quedaba a jugar con otros niños, la golpeaban si platicaba con alguien más. En casa tenía todo lo necesario para vivir y ser infeliz.

Ahora cada vez que ve un niño humillado, un niño golpeado, un niño torturado, un niño al que le gritan, recuerda su niñez y maldice al padre o madre que lo hace.

Nos quejamos de una juventud desordenada, inmersa en las drogas y prostitución, y cuándo nos hemos quejado de unos padres que no sirven para nada, el hecho de darles comida, agua, vestimenta, un techo, no significa que son buenos padres, un hijo necesita de amor, de consejos, de comprensión y una infancia feliz. No necesita golpes, gritos, maltrato y obligaciones de adultos.

Y la pregunta es…¿un me perdonas remedia todo? Yo creo que no, destruir la infancia de un niño es la peor masacre que un humano puede hacer, porque le destruye el camino completo.
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